Cuando la ira te posee

Hay días en los que no podés controlar tu enojo al punto de que cualquiera que ose siquiera mirarte corre peligro de muerte.  Si te pasa con frecuencia, esta nota es para vos...

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La mordida se cierra triturando los dientes, los ojos se abren más de lo normal poseídos por la furia atentos a cada detalle de tu alrededor, la nariz resopla como un búfalo y el cuerpo entero se dispone a atacar ante la menor situación que amerite descargar una bomba nuclear de ira, contenida vaya a saber desde cuándo.

¿La necesidad? Dar un rugido tan pero tan grande como si lanzáramos vientos huracanados de 5000 km/h. Y, si estuvieran acompañados por llamaradas, ¡cuánto mejor!.

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Ira... Una de las 5 emociones básicas, una de las más potentes y con más seguidores después del miedo.

Solemos experimentarla cuando nos sentimos atacados o impotentes, generalmente ante situaciones que no podemos manejar, ante injusticias o simplemente cuando lo que sucede no tiene nada que ver con lo que queremos.

Algunos han desarrollado el arte de contenerla y la disfrazan, la distraen y la guardan, a veces durante años. Cuando es un ser querido el que la provoca -una madre, una pareja o un amigo- o bien un jefe o un superior, las normas de convivencia, moral y educación imponen el mandato de callar... mientras la procesión sigue por dentro... 

Y pasan los días, los meses, y los años... hasta que la carga ebullente sobrepasa el frágil contenedor del cuerpo y, un buen día, explota todo.

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Dicen los expertos que expresar las emociones es fundamental para la salud, una excelente manera de mantenerse en coherencia si lo que se piensa coincide con lo que se siente y lo que se hace. 

¿Sentís ira? ¡Sacala afuera! Pero, eso sí, tratá de que no sea sobre otro.

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Y si no pudiste manejarlo, esperá a que llegue la calma nuevamente y pedí las debidas disculpas. Tampoco te descargues con las pobres mascotas de la casa. Si el gato dejó sus huellas estampadas por todo el sillón blanco recién tapizado, buscá alguna manera de descargar la bronca que no sea pateando un penal con el pobre animal... 

Es importante que mires más profundamente, sos dueño y responsable de cómo te sentís, lo de afuera es anecdótico. El que desató tu ira en realidad es un actor circunstancial que te está mostrando algo interno que urge atención y solución. 
Las emociones son grandes aliadas que muestran qué es lo que está operando internamente en tu inconsciente. Aprender a leerlas, reconocerlas, hacerlas tuyas y liberarlas adecuadamente te permitirá crecer, conocerte más y, por fin, evolucionar.

Así que la próxima vez que la ira te posea, buscá maneras creativas de expresarla sin que generes daños colaterales, como gritar ensordecedoramente desde la terraza del edificio, boxear la almohada, patear la rueda del auto o golpearte la cabeza contra la pared -bueno, tené cuidado con ésta-.

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Ya después, más tranquilo, podrás analizar qué te llevó a reaccionar así y cómo podés abordar el tema para poder trascenderlo la próxima vez.
 

Nota al pie: a punto de publicar esta nota se me borró la mitad... un claro ejemplo de ira nuclear. ¿Cómo lo resolví? Por suerte en la redacción estamos en confianza y pude lanzar a los aires unos cuantos improperios sanadores. 

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Pasó la tormenta y aquí están ustedes, leyendo....

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